LA TEORIA DEL BIG BANG Y LA
ECONOMIA DE
LOS PAÍSES SATÉLITES
Debemos aceptar que el tiempo no está completamente separado e
independiente del espacio, sino que por el contrario, se combina con él para
formar un objeto llamado espacio-Tiempo. (Historia del Tiempo), de Stephen
Hawking
Ahora que -después de horas insomnes, esfuerzo casi
descontrolado de mi mente (conozco bastante bien mis limitaciones intelectuales)
y disputas interminables en el seno de mi familla con relación al uso del baño
principal, donde desarrollo la mayor parte del esfuerzo de mi mente- he
entendido la teoría del big bang (o he creído entender, porque, como dice
Emesto Sábato en “Uno y el Universo", "pero éso... eso no es la
teoría de la relatividad”), resulta que apareció la teoría del big crunch.
Al principio pensé que se trataba de la publicidad de una nuevas papas fritas,
y me extrañé muchísimo porque mi hija no me las hubiera pedido nunca, pero
después recapacité y comprendí que una publicación seria como la que estaba
hojeando no podía ocuparse de un producto menor de la gastronomía. Así fue
que me enteré que la supuesta expansión indefinida del universo -paradigma
aceptado hasta antes de ayer a la cuatro de la tarde por personas mucho más
entendidas en la materia- había dejado de ser tal, y que, en consecuencia, debía
ser adoptada esta nueva, lubricada, sintética y condensada nueva teoría. Me
acordé del dólar y de mi tío Juan. ¿Quién no ha tenido alguna vez un dólar,
o un tío Juan?
“Otra vez, la chancha al trigo”, solía decir el tío Juan. Se refería a
esas situaciones recurrentes, cíclicas e inevitables que se dan en el seno de
una familla. Mi hermano Javier había reprobado –una vez más-, matemática. Mi primo Tito
le había pegado a otro maestro en la escuela. Ésas eran situaciones en las que
el tío Juan decía: “otra vez, la chancha al trigo”.
Lo del dólar es otra cuestión.
En mis jóvenes sesenta y cinco años, he descublerto con sorpresa (siempre
defendiendo mi territorio en el baño principal) que a partir de la década del
cuarenta, la moneda argentina presenta ciertos valvenes notables con relación
al dólar, hoy en día patrón tímidamente discutido por el euro en las
finanzas intemacionales. Esos vaivenes, ocasionados por factores que a veces
tuvieron origen en situaciones intemas, y otras en situaciones externas, casi
siempre favorecieron a un grupo de entendidos que estuvieron al tanto de las
consecuencias que provocarían tales factores.
Por ejemplo, resulta emblemático el caso de una persona muy allegada a los círculos
de las finanzas, quien tenía pleno conocimiento acerca de tasas, variables de
economía, divisas extranjeras y otros detalles, los que lo llevaban a sacar
sorprendentes conclusiones.
Este señor, a quien llamaremos “Carlitos”, sólo por ponerle un nombre,
tuvo la genial idea de pedir un préstamo de cinco millones de dólares a una
institución privada de primera línea, el mismo día en que un ministro de
economía vernáculo sostenía que "quien apuesta al dólar, pierde".
Esto ocurrió un jueves al mediodía.
Mi anécdota se refiere, también, a esa frase, que hizo historia en Argentina.
Carlitos no tenía bienes personales o societarios como para cubrir la garantía
de semejante deuda, de modo que propuso a las autoridades de aquel banco que
concedería el préstamo, una curiosa garantía: El propio préstamo, o sea: los
cinco millones de dólares.
Esto puede parecer un contrasentido, pero se ha pactado en muchos casos, que una
parte del empréstito quede en poder del banco que lo otorga. En lo que se
refiere al préstamo de Carlitos, lo notable era solamente una cuestión de
porcentajes.
Dadas esas condiciones, el préstamo fue autorizado por la gerencia del banco el
viernes a las diez de la mañana. Se dice que el gerente tomó otro préstamo,
en las mismas condiciones, por quinientos mil dólares, pero éste es apenas un
rumor de los tantos que circularon en la City, como se denominaba entonces al
circuito financiero.
Aquel lunes, a la apertura de los mercados, el dólar empezó a valer un treinta
por ciento más de lo que había cotizado el jueves del discurso ministerial.
Ese mismo lunes, Carlitos hizo frente a su obligación con el banco, pagando con
la garantía, habiendo embolsado previamente un millón y medio de dólares con
una sonrisa que presumo satisfecha.
Relacionando las sensaciones que me había provocado el conocimiento de la nueva
teoría del big crunch, el resultado fue que en Buenos Aires estaban demasiado
cerca la bibila y el calefón, como ocurre casi siempre que uno observa la
realidad en detalle.
Entonces se me ocurrió que aquellas situaciones cícilcas, recurrentes e
inevitables en la naturaleza, de unos quince mil millones de años cada uno, se
repetían con una inexorabilldad matemática que nunca comprendierá mi hermano
Javier. Pero que también se daban en la cada vez más menguante menguante y
exigua economía de mi patria.
Otra noche de esfuerzo intelectual me otorgó la revelación que no había
conseguido después de años clavando los codos en mi escritorio marrón.
Afortunadamente era una madrugada helada, en la que nadie me reprochó el abuso
del cuarto de baño, y allí mismo esbocé la carta que dos días más tarde le
envié al físico inglés Stephen Hawking. La revelación consistió en
relacionar las contracciones y expansiones del universo con la economía de un
país, que estaba entonces accediendo vertiginosamente a los beneflcios del
Primer Mundo, y sobre ese paralelismo articulé mi concienzuda pregunta. En la
misiva le expliqué al doctor Hawking todos los razonamientos que me indujeron a
mi actual convicción, solicitándole quiera tener a bien manifestarme por
escrito cuál es -según su real saber y entender- el mejor momento para comprar
la fiel divisa norteamericana en la plaza de Buenos Aires, teniendo en cuenta
aquellas idas y venidas del big bang, el big crunch, mi tío Juan y los
ministros parlantes.
Quizás por esa hasta justificada soberbia académica que rodea a los genios,
(soy conciente que este hombre es heredero en vía directa de una cátedra de la
que fuera titular el propio Isaac Newton), por las innúmeras tareas que
despllega ese hombre en la Universidad de Cambridge, o porque yo he olvldado
algunos giros idiomáticos de mi lengua matema, el señor Hawking nunca contestó
mi carta.
Se aceptan sugerencias.
©Horace Heather 1983 | ©Autoresweb 1986-2002